Tatuaje y Mujeres

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Tatuaje y Mujeres

Tatuaje y mujeres. Una combinación que hasta hace bien poco sonaba un tanto extraña. Sus voces cada vez suenan más alto y su independencia cobra un sentido del que carecían antaño y esto también se refleja en el arte corporal. 2012 fue el primer año en que más mujeres que hombres fueron tatuados en los Estados Unidos, un veintitrés por ciento de las mujeres, en comparación con el diecinueve de los hombres respecto a la población total.

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La corta vida del tatuaje está repleta de mujeres que han querido formar parte de un mundo de hombres en el que eran tratadas como auténticos monos de feria. Una historia llena de dolor, silencio, mentiras y orgullo.

Olive Oatman es una de las principales figuras del mundo del tattoo y también una de las primeras mujeres que adornaron su piel con tinta en los Estados Unidos. Su historia fue un tanto truculenta. Sus tatuajes no fueron hechos por placer, sino por obligación. Olive nació en el seno de una familia mormona en constantes desacuerdo por el liderazgo de la iglesia de Salt Lake City, perteneciente a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (LDS ). Estas tiranteces provocaron que su familia emigrara a Nueva México a principios de 1851. Un largo y complicado viaje que se saldó con el secuestro de Olive a los 14 años de edad, junto a su hermana pequeña mientras viajaba a Arizona junto a su familia que fue masacrada. Los hechos, ocurridos en las orillas del río Gila y que se conocieron como “La Masacre de Oatman”. Sus captores, los indios Yavapais, las esclavizaron para luego venderlas a los indios Mohave del río Colorado.

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Tras varios años con los indígenas, se piensa que tanto su hermana como ella tuvieron una vida próspera y fueron tratadas como iguales -hechos que no coinciden con las declaraciones que más tarde haría la propia Olive-. Su hermana no consiguió sobrevivir a una fuerte sequía que trajo hambrunas a la tribu. La ya no tan joven Olive fue devuelta al mundo blanco con una marca en su barbilla que la recordaría para siempre a sus captores. Se cree que el tatuaje que lucía significaba la unión fraternal de las chicas con la tribu y que por lo tanto en contra de las declaraciones de la misma, sí fueron tratadas como miembros de los Mohave y nunca esclavizadas.

 

Muchas mujeres deseaban ser tatuadas en contra de los valores de la sociedad del siglo XIX. Uno de los ejemplos más llamativos fue el de la alemana Nora Hildebrandt. Convertida en el lienzo de su padre, el artista corporal Martin, considerado uno de los primeros tatuadores de todo Estados Unidos. Debido al miedo que sentía Nora ante el rechazo, en un principio intentó acallar las críticas de la sociedad ante su característico aspecto alegando que, al igual que Olive, había sido capturada por los Yavapais. Una historia que también utilizaron mujeres como La Bella Angora, para darse a conocer, aunque estas invenciones no cuajaron y su destino fue exhibirse como mera atracción de feria.

 

No todas intentaron tapar o encubrir sus gustos por el arte corporal, sino que fueron muchas las que se enorgullecieron de ser lo que eran y demostraron a la sociedad que su lienzo era su propio cuerpo. Maud Wagner era contorsionista de circo con un gran interés por el mundo del tatuaje restringido a ferias ambulantes, por lo que su objetivo principal era conocer a un artista importante que la pudiera enseñar a tatuar e introducirla en el mundillo. Y así fue. En 1904 Maud conoce a Gus Wagner en la Feria Mundial de Missouri. Gus era conocido por “el hombre con los tatuajes más artísticos de toda América”, ya que contaba con más de 264 tatuajes en su cuerpo. Gus aprendió a tatuar gracias a sus viajes a las tribus de Borneo y Java. Se le considera uno de los inventores de la máquinas eléctricas para tatuar. Una unión más laboral y artística que personal que daría como fruto a Lovetta Wagner, hija de ambos y también reconocida tatuadora, pero que contrariamente a sus padres nunca lució ningún tatuaje en su cuerpo.

 

tras muchas como Betty Broadbent, -considerada la primera mujer tatuada en presentarse a un concurso de belleza y la primera persona que fue incluida en el Salón de la Fama del tatuaje en 1981, dieciséis años después de su retiro y dos años antes de su muerte-, sienten la tinta desde bien jóvenes. Con 14 años Betty ya empezó a tatuarse tras conocer a Jack Redcloud mientras trabajaba como nanny en Atlantic City. En un momento en el que el tatuaje estaba reservado exclusivamente para marineros y vagabundos, Betty consiguió presentarse al concurso de belleza durante una Exposición Universal en 1930. No ganó, pero hizo más de lo que ella misma habría podido esperar y es que su intervención mediática consiguió allanar el camino para que el tatuaje se viera como un arte y no como algo reservado a las clases más repudiadas de la sociedad, ayudando a que mujeres que compartían su misma pasión pudieran dar la cara y dejar de esconderse. El 3 de mayo de 1939 Betty fue entrevistada por el The New York Times, declarando: “Me dolió  muchísimo, pero mereció la pena”. Se la recordará como icono del mundo del tatuaje y una revolucionaria del concepto de belleza femenina tan arraigado en la sociedad de los años 30.

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Hoy en día el mundo del tattoo cuenta con artistas corporales femeninas con multitud de galardones a sus espaldas y cientos de personas queriendo hacer cola para poder marcar sus cuerpos bajo la atenta mirada de grandes tatuadoras como Kat Von D, Sarah Miller o Ivana. Mujeres que han convertido su cuerpo en un templo de sentimientos y arte como Katy Gold o Vinila Von Bismark.

Un mundo que gracias a la lucha de mujeres adelantadas a su tiempo como Nora, Maud, Betty, Bobbie Libarry y muchas más, consiguieron que el tatuaje femenino dejara tras de sí, ese sentimiento de monstruo de circo para verse como el arte y el respeto que se merece.



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